¿Dónde se esconde una madre neurodivergente cuando no puede más? ¿Qué pasa cuando el cuerpo, la casa y la mente se saturan al mismo tiempo? ¿Cómo acompañar con amor cuando el sistema nervioso está en llamas?
Este artículo es una carta abierta. Un testimonio. El mío, sin intención de que se parezca al de otra mujer… solo escribo con el corazón abierto. Necesitaba, hoy, el día de la madre, un espacio para decir en voz alta lo que muchas no nos atrevemos a nombrar en nuestro día a día, en una sociedad que aún sigue soñando que la maternidad sale de un cuento de Disney, yo también la idealicé. Porque maternar desde la neurodivergencia no tiene nada de romántico, pero sí mucho de amor. Del que arde. Del que sostiene con las manos temblando. Como las mías mientras escribo esto…
"No quiero un Día de la Madre. Quiero una casa, una comunidad, un sistema, que me deje ser madre sin romperme."
Maternar siendo neurodivergente: ni mito, ni mártir, ni heroína
No somos superheroínas. Ni magas. Ni valientes por defecto. Somos madres. Y estamos cansadas. Muchas veces, agotadas en un nivel que va más allá del sueño: agotadas del ruido, del desorden, del contacto constante o de la falta de él cuando tu peque no quiere que nadie se le acerque, de la autoexigencia.
Y sí, también tenemos una percepción más intensa del entorno. Las luces. Los sonidos. Los olores. Las texturas. La falta de previsibilidad es agotadora, simplemente extenuante, no sabes nunca qué va a pasar… qué te va a sorprender. Todo duele más. Todo llega más fuerte. Y sin embargo, seguimos ahí. Criando. Sosteniendo. Sonriendo cuando podemos, sobreviviendo cuando no.
"La maternidad neurodivergente no es una lucha constante. Es una negociación diaria con el mundo y contigo misma."
El espacio como extensión del sistema nervioso
El entorno importa. Y mucho. Porque nuestro cuerpo responde a él como si fuera parte del sistema nervioso. La casa no es un decorado. Es un campo de batalla o un refugio. Y cuando ese refugio no existe, lo demás se vuelve insoportable.
Hay días en que el caos me invade. Hay juguetes por el suelo, ropa en las sillas, platos sin fregar. Y mi mente, que busca orden como quien busca oxígeno, se descompone. Me cuesta funcionar. Me saturo. Me apago. Y sin embargo, ¿cómo voy a priorizar ordenar si mis hijos me necesitan, si hay que cocinar, si tengo que trabajar?
"El hogar debería ser el lugar donde menos esfuerzo cueste habitarse."
Cuando el llanto ajeno te parte... y te colapsa
Me parte el alma que mis hijos lloren. Lo juro. Me desgarra. Pero a la vez siento una necesidad abrumadora de que ese llanto cese. Me colapsa. No puedo con él. Y entonces callo. Y trago. Y aguanto. Por ellos. Para acompañarles. Para que se sientan seguros.
Pero cuando por fin se calman, cuando todo vuelve a estar en calma, yo ya no estoy. Me encierro en el baño. “Mami va un momento al baño, ahora viene ¿juegas tu con el coche?” Cierro la puerta. Me desplomo. Llorar no es suficiente: me deshago. No noto las piernas. El pecho me arde. Solo quiero silencio, un momento de paz sola sin tener que sostener. Me siento desolada. Sobrepasada de tanto grito, de tanto aguante. Y me duele que tenga que ser así.
Les adoro. Y a la vez, veces no puedo. De verdad que no. Y eso aun me hace sentir más culpable… pues ser madre es lo que más quise en la vida. Y lo que más me llena.
"La maternidad neurodivergente no es ausencia de amor. Es amor con el sistema nervioso en carne viva."
Refugios que sostienen: diseñar microespacios para no desaparecer
A veces no puedo transformar toda la casa. Pero sí puedo crear un rincón. Como para mí el baño, pequeño, fresco, con una luz tenue y agua para mojarme la cara. Quizás para ti es un cojín en el suelo para abrazar. Una manta pesada donde desaparecer. Un aroma que te devuelva al cuerpo ¿lavanda? Deseo para ti un sitio donde no tengas que dar explicaciones. Y no es que no queramos a nuestros hijos, no es que no podamos soportarlos, no es que nos arrepintamos de nada, sencillamente es que, además de amarlos profundamente a ellos, también nos amamos a nosotras y también necesitamos cuidarnos... para seguir criando en condiciones.
Esos espacios no son caprichos. Son sistemas de regulación. Lugares donde nuestro sistema nervioso puede respirar. Donde podemos llorar sin ser interrumpidas, porque sí, las madres lloramos, y mucho. Un sitio donde podamos simplemente estar sin que nadie dependa de nosotras por un ratito. Para cargar pilas y volver con el ánimo que nos caracteriza.
"Un rincón donde nadie espera nada de ti puede ser más reparador que mil palabras de aliento."
El amor que también da miedo
Hay días que siento tanto amor por ellos, tan físico, tan animal, que me asusta. No puedo evitar que me suba el miedo. Un miedo irracional, visceral, que me dice: "y si les pasa algo... y si te faltan..."
Hay madres que, cuando les preguntas qué esperan de sus hijos, te dirán: que saquen buenas notas, que sean educados, que se vistan solos. Yo no. Yo solo les pido una cosa: que me dejen morir antes. Que me sobrevivan. Puede que este miedo visceral venga de mi capacidad para darle una y mil vueltas a las cosas y encontrar millones de posibilidades en el espacio tiempo. ¿Te pasa?
Puede haber amor sin dolor... ¿verdad? No lo sé. Tal vez no. Tal vez amar así duele. Dicen que no conoces el significado del amor hasta que no tienes un hijo. Tal vez todo esto se intensifica porque perdí a mi niña. Porque hubo una vez que no fue lo que esperaba y debo aguantarme con mirar al cielo y pensar en ella Porque cuando abrazo a dos, debería estar abrazando a tres. Porque sé lo que es amar a alguien que ni siquiera llegaste a conocer por extraño que parezca. Y ese amor no se fue. Solo cambió de forma.
"El amor de madre es tan fuerte que a veces se parece al miedo."
La casa que me exige más de lo que me da
Me gusta tener la casa limpia. Me calma. Me da estructura. Pero no puedo. No lo consigo. Es el Día de la Marmota. Cada día lo mismo: platos, juguetes, polvo, caos, alguna pared que otra pintada y purpurina pegada con pegamento en barra en el suelo que no sale ni con rascador. Ordeno, y vuelvo a ordenar. Y siento que la casa me devora. Que no tengo lugar. Pese a que todo fue pensado exactamente como mi forma de ser necesita. “Pasará”, dice mi madre… “llegará un día que lo echaras de menos”… estoy segura de ello. Pues, aunque a veces parezca duro... sé que estoy pasando una de las etapas más bonitas de mi vida, y también hay lugar para el disfrute, para jugar a la pelota, para pintar con las manos y tirarnos por el tobogán todos juntos en el parque...
Y entonces llega la noche. Y se acuestan a mi lado. Uno en cada brazo. Pequeños, rendidos, tibios. Y me miran una última vez antes de cerrar los ojos… canto dulce y tranquilamente mientras por una rendija de la cortina miro al cielo… por algo busqué un sitio donde pudiera observar las estrellas al anochecer, para tenerla a ella también ahí, y abrazarla cada noche de algún modo. Y en ese momento... soy la mujer más feliz del mundo. Lo llamo el momento mágico. Y ahí todo valió la pena… o la alegría. Doy gracias por tenerlos.
"La maternidad también es ese espacio donde la ternura sobrevive al agotamiento."
Hoy deseo para todas las madres neurodivergentes que…
Ojalá no tengas que esconderte para regularte.
Ojalá puedas decir “hoy no puedo más” sin que eso se confunda con rendirte.
Ojalá tengas una casa que también te cuide a ti.
Ojalá encuentres un baño donde llorar sin culpa.
Ojalá tu momento mágico no sea el único respiro del día.
Ojalá maternar no te cueste el cuerpo.
Ojalá te abracen también a ti.
"La madre también es criatura. También necesita regazo."
Feliz día de la madre. Te quiero. Tu puedes, Tu vales. Y yo…yo también. Gracias.
Verònica Martín
CoFundadora de ATÍPICOS
