AtípicosAtípicos
Volver a las publicaciones

Carnaval y neurodivergencia: por qué disfrazarse puede ser agotador

Ocio Inclusivo
Verónica Martin
Verónica Martin
Publicado el 10 de febrero de 2026
7 min de lectura
Carnaval y neurodivergencia: por qué disfrazarse puede ser agotador

Me acuerdo como si fuera ayer… "¿De qué quieres disfrazarte este año?" Me preguntó mi abuela, yo le dije que de princesa, me fascinaban esos vestidos largos y grandes.

Ella me lo hizo, como todos los años, con la misma ilusión de siempre, y yo me lo puse con la misma ilusión de siempre, claro… pero con un pequeño matiz: para mí no era un disfraz, yo iba a ser una princesa de verdad por un rato, me sentía de ese modo, lo vivía… había visto tantas veces Sissí Emperatriz que me ponía muy bien en el papel. Pero había algo que me impedía disfrutarlo del todo: la tela picaba muchísimo. La tiara se me clavaba en la sien. La purpurina que me ponía mi madre en las mejillas me ponía de los nervios… y ahí estaba yo, aguantando el tipo.

Con los años la temática iba cambiando, pero siempre había el mismo reto: telas insufribles, maquillaje que me picaba, accesorios horribles, una estúpida creencia de que las chicas debíamos enseñar las piernas cuando mis amigos iban tapados hasta la nariz y… lo peor de todo, que con tanto cambio, no reconocía a nadie.

Es muy agobiante entrar a una fiesta de disfraces y no saber quién es quién. A muchas personas ND nos pasa: los rostros no se nos quedan, lo que procesamos más que los rasgos son las características externas. Me explico: sé que esa persona lleva ese corte de pelo, esas gafas, esos pendientes. Si me lo cambias, puede que no te reconozca al instante, o que necesite oír tu voz para conectar. De ahí que no soporte las fiestas de disfraces.

Recuerdo una fiesta en concreto: quedé con una amiga y me abrumó sobremanera no encontrarla.

Estaba ahí. Lo sé porque me lo dijeron después. Pero su cara ya no era su cara.

Me quedé quieta en medio del salón, sin entender qué había pasado. Sin entender por qué todos reían y yo solo quería quitarme todo y volver a casa.

El carnaval es una fiesta. Lo sé. Pero nunca lo sentí así del todo.

Y ahora, décadas después, sigo sin poder explicarlo del todo.

¿Por qué me cuesta tanto?

¿Por qué algo que para otros es diversión, para mí es esfuerzo?

¿Por qué cuando llega febrero, mi cuerpo dice "no" antes de que mi mente pueda pensar?

Blog image

CUANDO LOS ROSTROS DESAPARECEN

Tardé años en entender por qué ese "no" era tan automático.

Hay algo que suelo contar: me cuesta reconocer caras.

No es que no mire a las personas. Las miro. Pero si te veo fuera de contexto, si cambias de peinado, si llevas gafas nuevas… puedo pasar a tu lado sin saludarte. No porque no me importes. Porque literalmente no te reconozco.

Esto tiene nombre: prosopagnosia. O en términos más amplios, dificultades en el procesamiento del reconocimiento facial, algo común en muchas personas autistas.

Nuestro cerebro procesa las caras de forma diferente. Donde otras personas ven un conjunto (ojos-nariz-boca = "ah, es Maria"), nosotras vemos partes sueltas. Y esas partes cambian constantemente: la luz, el ángulo, la expresión.

Ahora imagina que encima te pintan la cara. Que te ponen peluca. Que te cubren con maquillaje blanco, purpurina, una máscara.

El rostro desaparece.

Y con él, la persona.

No es dramático. Es literal. Mi cerebro busca puntos de referencia y no los encuentra. Así que me quedo suspendida en un espacio extraño donde todo el mundo parece conocerse… menos yo.

Y no puedo explicarlo sin que suene a exageración.

Blog image
"El reconocimiento facial en personas autistas puede depender más de características externas (como el cabello o la ropa) que de rasgos faciales internos."
— Investigación en procesamiento facial y autismo, Baron-Cohen & cols.

EL RUIDO QUE NO TERMINA

El carnaval suena.

Suena fuerte, constante, impredecible.

Las carrozas pasan con música a todo volumen. Los altavoces distorsionan. La gente grita, ríe, canta. Los silbatos, los petardos, los tambores. Todo al mismo tiempo. Sin pausa.

Y mi cerebro no puede filtrar.

Mientras otras personas procesan el sonido como "ambiente festivo", mi sistema nervioso lo procesa como amenaza. Cada chirrido, cada golpe de bombo, activa mi sistema de alerta. No es una elección. Es automático.

Se llama hipersensibilidad auditiva, y no es "ser exagerada" ni "no saber pasarlo bien". Es una forma diferente de procesar la información sensorial.

Cuando el ruido es demasiado, mi cuerpo entra en modo supervivencia: tensión muscular, respiración rápida, necesidad urgente de escapar.

No estoy disfrutando. Estoy aguantando.

Y aguantar no es celebrar.

Blog image
"El procesamiento sensorial atípico puede convertir entornos festivos en experiencias de sobrecarga fisiológica real."
— Verònica Martín

LA TELA QUE PICA (Y NO ES UNA METÁFORA)

Hablemos de los disfraces.

Esos que vienen en bolsas de plástico brillante. Los que huelen a químico. Los que tienen costuras internas como alambres. Los que pican, raspan, aprietan, no transpiran.

Para muchas personas neurodivergentes, la textura de la ropa es información sensorial constante. No desaparece. No nos "acostumbramos".

Esa etiqueta que roza el cuello. Ese elástico que aprieta la cintura. Esa tela sintética que hace que la piel se sienta atrapada.

No es incomodidad. Es dolor sensorial.

Y cuando te dicen "ponte este disfraz", lo que te están pidiendo es que ignores señales de tu cuerpo durante horas. Que finjas que no pasa nada. Que sonrías mientras tu piel grita.

No siempre podemos.

Y está bien.

Blog image
"La sensibilidad táctil no es capricho; es una respuesta neurológica legítima que merece ser respetada."
— Investigación en procesamiento sensorial, Miller & cols.

CUANDO TODO EL MUNDO ESTÁ DISFRAZADO MENOS TÚ

Hay otra capa en esto.

No solo es que disfrazarse sea difícil. Es que no disfrazarse también lo es.

Porque cuando todo el mundo lleva careta y tú no, destacas. Y destacar puede significar: preguntas, presión, miradas, comentarios.

"¿No te disfrazas? ¿Por qué no? ¿No te gusta? Venga, anímate."

Y no sabes cómo explicar que no es falta de ganas. Que es tu cuerpo diciendo "no puedo". Que es tu cerebro saturado antes de empezar.

Así que a veces te disfrazas. No porque quieras. Porque es más fácil que justificarte.

Y entonces pasas la tarde entera queriendo quitártelo todo.

Blog image
"El enmascaramiento social no solo ocurre en la identidad neurodivergente; también ocurre, literalmente, en situaciones donde la norma social exige 'entrar en personaje'."
— Verònica Martín

NO ES QUE NO QUIERAS CELEBRAR

Esto es importante decirlo.

No es que las personas neurodivergentes no queramos divertirnos. No es que seamos "aburridas" o "antisociales".

Es que nuestra forma de disfrutar no siempre coincide con los formatos diseñados desde lo neurotípico.

Podemos celebrar en grupos pequeños. En espacios tranquilos. Con ropa cómoda. Con música a volumen controlado. Con caras conocidas que no cambien de forma.

Podemos disfrutar sin disfraz. Sin multitudes. Sin ruido ensordecedor.

Y eso también es válido.

"La participación social no tiene una única forma correcta."
— Modelo social de la discapacidad, ONU

Para ir cerrando...

Si este carnaval decides no disfrazarte, está bien.

Si vas y tienes que irte antes, está bien.

Si prefieres quedarte en casa mientras el mundo celebra afuera, también está bien.

Tu cuerpo sabe lo que necesita. Y no necesita justificación.

¿Cómo vives tú el carnaval? ¿Te pasa algo parecido? ¿Has encontrado formas de disfrutar que respeten tu sistema nervioso?

Te leo. Y si no quieres hablar de ello, también te entiendo.

Blog image

Verònica Martín

Directora de ATIPICOS.org y A-Tipic Biointeriors

Volver a las publicaciones

Compartir esta publicación

Carnaval y neurodivergencia: por qué disfrazarse puede ser agotador